lunes, 24 de noviembre de 2008

Lagrimas de estrellas

La noche era estrellada, mirara donde mirara no alcanzaba a ver ninguna nube. Desde la montaña se podían ver perfectamente las estrellas, pero al girar hacia el sur todo cambiaba. Las luces de la ciudad creaban una burbuja lumínica eclipsando la tenue luz de las constelaciones de la zona. El hombre que estaba sentado en la cima daba la espalda a ese lugar lúgubre y tenebroso, pese a la artificialidad de aquellas luces que disfrazaban la realidad. Él adoraba la noche, las luces que se vislumbraban en ella, siempre iguales, ajenas a todo lo que sucedía en esa tierra oscura, dejando constancia de su existencia siglos después de su fin. Solo allí era capaz de sentirse calmado, pero siempre llegaba la hora en que tenía que levantarse y girarse hacia las tinieblas iluminadas, debía volver a ese lugar que le había quitado todo aquello que quiso. Ese día también llegó la hora de levantarse, al hacerlo, se dijo en un susurro que ojalá no tuviera que marcharse dejando atrás lo único bello que le quedaba, sabiendo que entre ellas ella le esperaba. Nuevamente llegó a la ciudad y en uno de sus callejones un mano le agarró el hombro. Una voz ronca le pidió todo el dinero que llevara, pero él se resistió, se negó una y otra vez, entonces un frío se incrusto en el interior de su pecho. El hombre se fue corriendo y él cayó de rodillas al suelo. Sabía que ya no había nada que hacer, y tampoco quería que lo hubiera. Se quedó allí de rodillas notando como la sangre corría por su espalda. Se giró para mirar al cielo, para ver como su cara sonriente le acogía en su morada eterna, donde podría al fin recobrar su felicidad pero, lo único que vio fue una farola y supo que no la volvería a ver. Entonces una lagrima recorrió su mejilla.

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