domingo, 23 de noviembre de 2008

Confesiones en las sombras

A continuacion os dejo una antigua historia, relato o borron espero que os deje indiferentes.

Estaba allí sentado en su sillón de terciopelo el señor de la casa. En su mano derecha a forma de garra sujetaba una copa de coñac mientras leía un prestigiosa novela antigua. El allí sentado se creía el dueño del mundo, la multitud de propiedades heredadas de su familia de antiguo linaje, las empresas que poseía, los millones con los que contaba le daban un aire de superioridad. Mientras miles de personas malvivían en las calles, muriendo de hambre, de frío, el estaba sentado con el estomago lleno cerca del fuego a tierra, las llamas ondulantes alumbraban las hojas del libro que tenía en la mano, arrugada y vieja, pero cuidada. La parpadeante luz del fuego daba vida a las sombras, que se movían a su alrededor, con aire peligroso, esperando el momento de atacar al viejo. Este o prestaba atención a esos detalles porqué no tenía nada que temer. Oyó una voz en la sala, que resonó entre sus paredes. No había nadie en la casa, él mismo había cerrado la puerta con llave al marcharse el último criado. Estaba él solo en la cavernosa mansión, pero alguien le había hablado. Creyó que fue una imaginación suya y se enfrascó otra vez en el libro. Volvió a escuchar la mima voz que antes. Esta vez había pronunciado su nombre, allí había alguien y le estaba llamando. Comprobó que toda la sala estaba cerrada cal y canto, no había entrado nadie allí. De nuevo volvió al libro y bebió un largo trago de coñac. Por un rato no volvió a escuchar nada, pero esa vez escuchó alto y claro la risa de un hombre.

- ¿Te sientes muy afortunado con toda tu riqueza y esta enorme mansión verdad? – decía la voz.

El hombre se levantó de su asiento, tirando al suelo el libro y la copa de coñac, que se rompió en cientos de trozos repartidos por el suelo. Otra vez volvió a recorrer la habitación, y otra vez más nadie había allí salvo él. Pero la voz la había oído alto y claro.

- ¿No ves lo patético que eres? – decía la voz mientras se reía del hombre que iba de un lado a otro de la habitación.

Seguía sin ver a nadie, no había nadie en la habitación, nadie podía hablarle. Las manos le temblaban y giraba la cabeza de un lado a otro nerviosamente mientras seguía escuchando aquella horrible risa que resonaba por toda la habitación, que penetraba en lo más profundo d su cerebro.

- Tu tienes todo lo que quieres – le decía la voz en tono sarcástico - ¿no es verdad? Tienes todo el dinero que quieres y más, tienes multitud de propiedades, empresas que aún te proporcionan más dinero, tienes a gente trabajando para ti, ¿no es así?

El viejo paró de golpe, todo lo que aquella extraña voz le decía le llamaba la atención ahora. La voz calló un momento y él volvió a mirar a su alrededor. Fue entonces cuando reparó en la sombras, moviéndose a la parpadeante luz del fuego parecían estar acechándole.

- ¿Qué temes? – Preguntó la voz – no tienes nada que temer, tienes tanto poder que eres intocable ¿verdad?, ¿es esta la vida que deseabas?, ¿es así como veías tu vejez?

- ¡Calla! – gritó el viejo desesperado, no quería oír lo que aquella voz le decía, pero no podía evitarlo, esa voz resonaba en el fondo de su cabeza.

- Tu soñabas con una vida mejor, pero durante tantos años te a centrado solamente en tu trabajo que es lo único que e a importado – le decía la voz con voz cada vez más amenazante - ¿no te has preguntado nunca porqué estas siempre pendiente de tu trabajo? Te crees el dueño del mundo mientras lees esos antiguos libros, mientras saboreas las bebidas más caras que puedes encontrar, pero por mucho que te creas tu eres uno de los seres más desgraciados.

- ¡Cállate! – gritaba desesperado el viejo - ¡vete! Déjame en paz.

- Estas solo – gritaba ahora la voz – solo tienes tu trabajo y tu dinero, crees que eres una persona muy afortunada y es todo lo contrario. Tu despreció hacía la gente corriente es tan grande que te has vuelto un viejo huraño, cada noche solo, cada mañana amaneces solo en esta enorme casa que has heredado. ¿pero que le pasará a la casa cuando tu te mueras? No tienes a quien dejarle tus bienes, nunca lo has tenido, no tienes nada, no sabes lo que es el cariño, nunca has tenido amigos, te rodean gentes que están esperando el día de tu muerte, solo conoces a buitres que te despedazaran por conseguir lo que tu tienes. Morirás igual que has vivido, solo en esta mansión sin que nadie lo sepa durante unos días, cuando encontraran tu cadáver tirado en el suelo unos criados de los cuales no sabes ni el nombre. – mientras decía todo esto el hombre veía en su mente todo lo que le contaba la voz - Te parecen unos pobres desgraciados ¿no es así? Ellos son más felices que tú. Solo se preocupan por comer y dormir, pero tienen una vida sencilla. Tu les has proporcionado una pequeña casa en tus jardines, en ella han criado a sus hijos mientras tú solo trabajabas. Tu deseabas que la saga de tu familia continuara durante años, pero acabará junto contigo. Eres el último. Has sido incapaz de amar a una mujer en tu vida y has acabado solo.

La voz calló y ya no habló más, pero el hombre se había quedado consternado por todo lo que le había dicho. No quería aceptarlo, pero sabía que era verdad. Había sido incapaz de formar una familia y de ser feliz por una vez en su vida. Era un pobre viejo desgraciado. Se quedó mirando la cuerda que colgaba del techo.

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