domingo, 25 de enero de 2009

Despertó estirado en el sofá de su pequeño piso con ese horrible olor a tabaco impregnado en toda la casa, la boca le sabía a cenicero y aun conservaba en su mano la vacía botella de whisky. Tenía la cabeza en otro mundo, un mundo en continuo vaivén causándole un gran mareo, que se expreso en forma de vomito en el suelo. A pesar de haber sacado aquello que aun se movía en su interior los fétidos vapores que subían lentamente aumentaban la sensación de malestar. Odiaba esos momentos, tiempo hacía ya que había perdido su ser en aquella vida, había elegido huir de todos sus problemas, separándose de todo aquello que conocía, mudándose a la otra punta del país en un vano intento de encontrar algo que le diera sentido a su existencia. Pero aquello de lo que huía se hallaba en lo más profundo de su ser, algo que le acompañaba allí donde estaba, para su desgracia se percato de ello demasiado tarde. En su nueva vida estaba solo, sin amigos, sin familia, el único pedestal era él mismo. El dolor que quería evadir llamó a su puerta, entrando sin permiso para instalarse allí donde más daño causara. En su desesperación recurrió al alcohol, que inundaba casi incesantemente su cuerpo, destruyéndolo lentamente, como una pequeña sombra moviéndose entre multitud de personas, pero aun así era compasivo y el dolor raras veces se mostraba mientras aquello estuviera en su sangre. Ahora ya no había solución, el alcohol y sus miedos se habían aliado, formando un gran equipo con el dolor, multiplicando sus efectos en él. En ese momento de extraña lucidez un pesar sin limites se adueño de su mente, todos los errores y desgracias de su vida cayeron encima de él creando un agujero de desesperación que le llevó a tomar la última decisión. Se acercó a la ventana de la terraza y se asomó por ella, después de mirar encendió un cigarrillo, absorbió una calada y se dejó caer, para después de volar unos segundos arrepentirse de lo que había hecho.

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