Era una mañana de marzo, estaba sentado a la orilla del mar, lo bastante cerca para que la olas acariciaran mis pies, sintiendo escalofríos cada vez que se retiraban dejando que la brisa marina pasara entre los dedos refrescando el agua que se posaba sobre mi piel, la noche estaba muriendo y por el horizonte ya empezaba a aclarar el cielo. Como muchas otras noches los viejos fantasmas me habían arrastrado de vuelta del mundo de los sueños, pero esta vez el tiempo era suave e invitaba a sentarse en la arena y disfrutar de un fresco agradable. A mi espalda aun se veían algunas de las estrellas que me habían acompañado esa noche sin luna, con sus historias escritas en una luz eterna en la vida de un hombre, sabiendo que algunas de ellas ya no existían, habían expirado miles de años atrás y su vida aun estaba reflejada en aquel inmenso y moteado cielo negro. Durante años he pasado ratos mirando a ese cielo fascinado por esas pequeñas luces, deseando encontrar en ellas las respuestas a mis muchas preguntas, fascinado por el hecho de que su vida seguía marcada desde aquí, dejando constancia de que una vez estuvieron allí. Quise ser igual, hacer algo que dejara constancia de mi existencia, ser reconocido por los demás por mis actos, por mis obras, pero eso es algo que ha consumido a muchas personas a lo largo de la historia, somos seres pequeños e intrascendentales, aun así es un hecho que no tendemos a admitir, buscamos significados a la nuestra existencia en cualquier lugar, necesitamos tener fe en algo, aunque se algo que solo entendamos en nuestro interior, puedes vivir sin creer en nada, pero para mi debe ser algo muy triste aceptar que solo estamos de paso, que no vamos a significar nada y dedicarnos a hacer el día a día, muy probablemente tienen razón, pero es algo que a mi no me llena.
Entra estas divagaciones conseguí que el tiempo nocturno fuera cayendo con menor dolor, y el sol estaba a punto de nacer de nuevo emergiendo del fondo del mar, su intensidad ya se podía apreciar, unos primeros rayos que penetraban en la oscuridad sin piedad, sin derecho a existir. Entonces emergió por el horizonte la parte superior de esa bola incandescente, trayendo luz a toda esa parte del mundo, creando un camino luminoso en la superficie del mar que parecía ser lo bastante sólido como para caminar por el hasta un mundo más allá del nuestro, en esos pequeños momentos cotidianos, por unos instantes puedes permitirte caer preso de un hechizo que hace que te percates de la belleza que aun existe en un mundo como el nuestro. Pero el hechizo no dura mucho, ese camino desaparece antes de que cualquiera pudiera cruzarlo y solo te queda el recuerdo de la belleza que se muestra en ocasiones.
En ese momento unos brazos me rodearon por detrás apoyando un rostro junto al mío, recordando que nuestro corto umbral de vida no lo es tanto desde nuestro lugar, que a veces no es necesario ser una marca a gran escala, que a veces solo necesitamos marcar a gente realmente especial que quieran compartir su existencia con nosotros, gente capaz de hacer relucir con mucha más intensidad la belleza que contiene este mundo.
1 comentario:
molt maco!!
Publicar un comentario