jueves, 25 de diciembre de 2008

Dulce navidad

El hombre despertó, solo, como cada mañana sin nadie a su lado. Se levantó y fue hacía la cocina. Abrió el cajón donde tenía la caja de cereales. Durante años desayunaba siempre lo mismo, le parecía una comida asquerosa y repetitiva, pero no sabía que desayunaría sino. Como otro día cualquiera abrió las ventanas para ventilar la casa, cuando una corriente de frío viento le recordó que era el día de navidad. Otro año más había llegado la maldita navidad. Esa época en que todo ser consume todo lo que puede, siempre demasiado, brindando con el cava más caro que se pueden permitir después de haberse gastado una cantidad enorme de dinero en comprar los regalos para la gente. Pero ese no era su caso, el estaba solo, solo tenía un trabajo que después de diez años le parecía monótono y aburrido, ya no tenía aquella ilusión de su juventud cuando estudiaba con ganas de poder sacarse la carrera de arquitectura. Soñaba con una buena vida, un puesto de trabajo y una familia que le acogiera después de cada jornada de trabajo, unos niños con quienes jugar los fines de semana. Pero solo tenía su asqueroso trabajo. Había perdido los mejores años de su vida y solo tenía una casa de alquiler y un trabajo insatisfactorio para el. Después de abrir las ventanas fue a ducharse. Al salir cogió un libro de la estantería y se sentó en el sofá, duro como una piedra. Pasó leyendo dos horas hasta que decidió encender la televisión. Pero poco tiempo estuvo viéndola, ya que odiaba la maldita programación navideña. Fue a la habitación donde tenía el ordenador y cogió la primera película que había y se puso a verla. Su cara era inexpresiva, después de tantos años viviendo así estaba cansado, día a día esperaba que algo cambiara su vida, pero nada sucedía. Llego la hora de comer y cogió un paquete de comida congelada y la metió en el microondas. Esa comida no le sabía a nada, la aborrecía pero le libraba de tener que prepararla el mismo. Después de eso se estiró de nuevo en la cama, todas las sabanas estaban arrugadas y el edredón tirado en el suelo desde hacía días. Rápidamente cayó dormido y no se despertó hasta bien llegada la noche. Le despertó el ruido de la casa de al lado, donde vivía una familia con tres hijos, que al parecer había invitado a todos los parientes a cenar. El volvió a coger un paquete de comida y la volvió a meter en el microondas. Mientras el cenaba aquella asquerosa comida escuchaba como se divertía la gente en la casa contigua. El sonido de las risas de los niños jugando, la conversación que mantenían los adultos, le recordaban todas aquellas ilusiones que tenía y que se habían perdido en el fondo de su subconsciente hasta ese momento. Los gritos de emoción de los niños cuando empezaron a abrir los reglaos le hundieron del todo. La idea de que no había conseguido nada le atormentaba y recorría cada neurona de su cerebro. En un ataque de pesimismo extremo fue directo a la habitación y abrió la caja que había debajo de la cama. Mientras en la otra casa los niños estaba jugando alegremente y los mayores disfrutaban de verlos tan felices cuando un fuerte estruendo en la casa de al lado acabo con toda aquella armonía.

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